Una camiseta K1X XXL, unas zapatillas Nike del 47, un manual de primeros auxilios, una lata llena de colillas, una tableta de chocolate Nestlé extrafino a medio y cuatro cucharas, dos de café y dos de sopa.
Les presento a la flora de mi cuarto, sin contar la fauna formada por la pelusa que crece en los rincones, y esos bichitos que parecen escarabajos pero no lo son.
He aprendido a vivir en armonía en este hábitat ya natural sin que nos hagamos daño, exceptuando las dos veces al mes que entramos en guerra, en las cuales debo extinguir alguna raza de camisetas, podar la pelusa y controlar la población de bichitos. Y me duele más a mí despojar a mi cuarto de su sensible población.
Pero creedme. Es preferible esa situación dos veces al mes a recibir ese pulcro fragmento de papel que espera en tu cama con esa inconfundible caligrafía, que te acompaña desde tu parte de nacimiento hasta la eternidad (a no ser que una persona de más de 50 cambie su letra).
De todos modos,surgirán nuevas razas, la pelusa retallará y estará en flor en unos días y la población de bichitos se volverá a disparar.
Llego a casa y con cruzar la puerta ya se que he hecho algo.
¿Estas ahí? Corazón, responde que correr toca. Avisa
al cerebro para que despierte y nos pongamos a trabajar.
¿Qué habrá pasado?
¿Habrán desaparecido las zapatillas Nike o el manual de primeros auxilios será ahora cenizas?
¿El chocolate se habrá convertido en alimento o... ¡oh no!, ¿o las cucharas habrán recobrado su brillo al ser lavadas y ya no serán especiales?
Hago una exploración rápida por todo el cuarto pero todo esta igual. Las zapatillas estorban, el chocolate crece, las cucharas huelen...
Sigo con la mirada un bichito que corretea por el suelo hasta llegar debajo de la cama donde la pelusa me observa con su desaturada y grisácea apariencia señalándo los pies de la cama.
Mis temores se confirman.
Comienzo a subir la mirada pero mis piernas tiemblan y huyo a la caja tonta con conexión web para evadirme, lo cual es inútil.
Reuno fuerzas y comienzo otra vez la ruta. Desde los pies de la cama comienzo a ascender por una textura extraña para mí, algo ha cambiado, la apariencia de mi cama no es la habitual:
Está hecha.
Mi frente esta empapada, mis manos temblorosas, mi corazón colapsado y mi cerebro derretido.
A mis ojos les toca cargar con el muerto (y nunca mejor dicho) de descubrir bajo la almohada ese pulcro fragmento de papel con esa caligrafía que tan bien conozco.
Pero Soy Feliz.

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