domingo, 27 de febrero de 2011

Velocidad, diafragma y sensibilidad

12 de la mañana y facilidades en un día nublado.
Buenas velocidades congeladoras, buena profundidad de campo con aperturas de diafragma de sobra y una sensibilidad mayor que la de la piel de un bebe. Calidad de sombras suaves con degradados que inspiran y atraen.
Podrá el fotógrafo hacer un ángulo aberrante siempre que caiga en gracia de los críticos ojos observadores. Incluso podrá monocromar la toma y hacer caer a los colores de la retratada en el olvido.
¿Era verde la blusa de aquella bella chica? ¿Tal vez azul? Nadie lo sabrá.
Incluso el ladrón olvidará esos detalles que de nada le sirven ya, habiendo obtenido esa nueva realidad en una toma, habiendo robado el color al rostro de aquella chica.



Salió de su casa aquella mañana y recorrió esas viejas calles hasta el café que a su tierra le recuerda. Olor a la Pampa.
Tomó el cenicero de una mesa cercana y encendió su cigarrillo mientras buscaba su libro con la mirada.
Comenzó a pasar las hojas del enorme libro. Hoja tras hoja, capítulo tras capítulo. Una maraña de nombres de personajes parecía fluir a su alrededor.
La humeante mezcla de café y leche condensada recorría sus labios y los hacia brillar.
Bebe, lee y sostiene el cigarrillo a la vez.
Las horas se iban sucediendo las unas a las otras. La luz la bañaba, mientras pasaba el tiempo, pero nada en ella cambiaba, tan solo el color de su pelo.
Pasaban personas a su alrededor.
Una mujer mayor daba de comer a las palomas, un indigente pedía dinero de mesa en mesa, una pareja discutía y, sin casi percibirlo, un ciclista atravesó la imagen y con su velocidad, un mechón de pelo de la chica se descolgó de detrás de su oreja y dejó al descubierto unos brillantes pendientes. Al menos tres llegué a contar antes de que, con un sutil movimiento, recolocase su cabello.
Nada le perturba.
Sigue con pasividad su desayuno, su lectura y su cigarro.
Es su momento, sin duda alguna.
Entonces, cuando bajó la guardia, cuando todo a su alrededor pasaba de largo, la encontré.
Tomé mi cámara y apunté directamente a la chica. Por un momento pude ver que se detenía el tiempo, incluso mis ojos se amoldaban al encuadre de esa escena.
La chica me estaba mirando fijamente.
Sus ojos verdes de cuyo color no me había percatado hasta ahora, me atravesaron. Acabaron conmigo en una milésima de segundo y allí estaba, la toma que toda una vida había buscado, y que ahora se iba a perder porque la chica desviaría la mirada, se acabaría el café y se marcharía.
Ya había bajado la cámara cuando la chica esbozó una sonrisa. Una lágrima escapó de mis ojos.
Levanté la cámara, encuadré e inmortalicé la perfecta sonrisa de esa chica. ¿Una chica? No, no era una chica, era un ángel que había decidido regalarme su rostro para siempre y ahora solo nos separaban una mesa, unos metros y un teleobjetivo.



lunes, 21 de febrero de 2011

Protagonismo

Corrían los años por delante de mí.
Me sentía un chico feliz.
¿Porque verle otra cara a las cosas? Podía vivir en ese mundo siempre y lo sabía.
Golpes de suerte recorrían mi vida como las llamas que queman un cuerpo envuelto en gasolina. Todo bueno.
Entrenaba, estudiaba, salía, bebía, trasnochaba, volvía a salir y quemaba todos los hígados que a mi alcance se ponían.
Llegaba un lunes y no razonaba, solo actuaba con tal de romper con todo lo que no fuese ofrecer algo nuevo a ese gran público que tenía.
El partido empezó el 27 de enero de 1990 y no iba a parar hasta que no recibiese mi gran ovación.
Y no amigos, ese público era caprichoso, cambiante e inesperado.
La sala se llenaba y se vaciaba como las cervezas en las noches de los viernes y la espuma subía, solo subía y seguía subiendo.
Que vida.
Una y otra vez. El cambiaba y yo me amoldaba. Dime si un camaleón ha sido en toda la historia capaz de hacer esto.
Maldito cabrón el que se ponía en medio, porque ser violento no era un problema, ser yo el cabrón para motivar a mi público. Sentirme rey de sus emociones.
Que fácil era.
Notar la sangre recorriendo mis venas. Filas de hormigas que formaban olas y me masticaban por dentro hasta que lo hacia.
¿Cómo iba a quedar impasible ante tales ocasiones? Nadie las aprovechaba pero estaban ahí.
Gozaba con eso a lo que muchos ponen nombre. Pero no lo tiene. Es una sensación, lo se, pero no se cual.
Solo se que tenía que viajar a la gran ciudad para sentirla, entrar en el meollo y poder mantenerme.
Ser el primero en algo, gozar con que la gente lo sepa y aun así seguir codiciando más.
Pero como todo ciclo del teatro, la temporada acaba, y ese público exigente quería obras nuevas.

Después de esos años, años que nunca iban a acabar, me di cuenta de que no podía refugiarme en eso toda la vida.
Dejé el mundo del espectáculo.
Me introduje en mí telaraña personal y fui catando nuevos escenarios.
Vaya... la gran ciudad, que lejos queda ahora.
Con sus luces, sus risas, sus aplausos...
La tentación de volver siempre estubo latente en mí. ¿Cómo no iba a estarlo habiendo tenido tanto poder? ¿Acaso importaba que no fuese real?
Mi currículum era enorme. El gracioso, el serio, el estudiante, el repetidor, el diferente, el común, el misterioso, el conocido...
Y con ese gran papel, ese gran extreno que suponía la ruptura con todo lo que antes había ofrecido a mi público, encontré la ruina, la desaprobación, y la desilusión de todos ellos.
En esos momentos el mundo cayó sobre mis hombros.
Por una vez las miradas me buscaban... pero a la espera de un leve rastro de mi nueva obra para poder abuchearla y cubrirlas con un manto de hortalizas.
Otros, en su desesperación esperaban encontrar mi regreso al mundo del espectáculo, pero el telón se había cerrado, y ahora conocían al destronado actor que ha salido ha la calle sin su máscara y ahora no sabía vivir sin actuar.

La vida es difícil cuando realmente no la has vivido.



Pero soy feliz

domingo, 6 de febrero de 2011

Como a un trapo.
¿Hay mejor manera de describirlo?
Un trapo que se usa para quitar el polvo de los muebles, para arrastrar esas cantidades abismales de ácaros que se acumulan mires donde mires, que se lucen al trasluz de los rayos del sol que entran por mi ventana.
Como un trapo.
Un trapo que viene siendo un trozo de tela rasgada de una vieja camiseta, una porción de una sábana desdichada que pasó de abrazar y dar calor a ser despiezada. De ser necesitada cada noche, cuando el frío atacaba sus delicados pies de porcelana, a ser un útil de limpieza, a quitar el polvo.
No más abrazos, no más calor.
Con suerte acabará siendo el traje de noche de una muñeca fulana que no será más que una mala y tosca imitación de la realidad a la que envolvía.
Nunca se piensa en que ese cambio pueda ser posible, nunca se piensa que cambio alguno pueda serlo, pero sucede.
Al caer en la antigüedad y la monotonía de un sentimiento, la tranquilidad que la comodidad brinda (y en el fondo nos engaña), me hizo tener imágenes en mi mente que no eran ciertas.
Imágenes que no me permitían comprender que el paso de sábana a trapo es mínimo, y las consecuencias incalculables.
Arriesgar lo que más aprecias por palabras. Condenar tu existencia por algo sin sentido. Degradarte. Hundirte en montañas de polvo y notar como la ansiedad que te provoca no te deja respirar.
Obstruye tus pulmones.
El aire que conocías ya poco parecido tiene con lo que ahora se precipita por tu nariz y boca.
Tus ojos quedan nublados y nada vuelve a ser lo de antes.
El polvo mancha tu corazón y lo oprime...
Pero lo peor viene en el instante en el que te paras a pensar en que, tal vez a ti te afecte todo esto, pero hay unos pies de porcelana que contaban con una caricia al ser tapados, y la decepción y la pérdida de ilusión son sentimientos que nunca se podrán limpiar.
Solo te queda observar como tiembla y busca sin fortuna con que resguardarse del frío, y tu solo puedes mirarla sin nada que poder hacer.

Pero soy...