12 de la mañana y facilidades en un día nublado.
Buenas velocidades congeladoras, buena profundidad de campo con aperturas de diafragma de sobra y una sensibilidad mayor que la de la piel de un bebe. Calidad de sombras suaves con degradados que inspiran y atraen.
Podrá el fotógrafo hacer un ángulo aberrante siempre que caiga en gracia de los críticos ojos observadores. Incluso podrá monocromar la toma y hacer caer a los colores de la retratada en el olvido.
¿Era verde la blusa de aquella bella chica? ¿Tal vez azul? Nadie lo sabrá.
Incluso el ladrón olvidará esos detalles que de nada le sirven ya, habiendo obtenido esa nueva realidad en una toma, habiendo robado el color al rostro de aquella chica.
Salió de su casa aquella mañana y recorrió esas viejas calles hasta el café que a su tierra le recuerda. Olor a la Pampa.
Tomó el cenicero de una mesa cercana y encendió su cigarrillo mientras buscaba su libro con la mirada.
Comenzó a pasar las hojas del enorme libro. Hoja tras hoja, capítulo tras capítulo. Una maraña de nombres de personajes parecía fluir a su alrededor.
La humeante mezcla de café y leche condensada recorría sus labios y los hacia brillar.
Bebe, lee y sostiene el cigarrillo a la vez.
Las horas se iban sucediendo las unas a las otras. La luz la bañaba, mientras pasaba el tiempo, pero nada en ella cambiaba, tan solo el color de su pelo.
Pasaban personas a su alrededor.
Una mujer mayor daba de comer a las palomas, un indigente pedía dinero de mesa en mesa, una pareja discutía y, sin casi percibirlo, un ciclista atravesó la imagen y con su velocidad, un mechón de pelo de la chica se descolgó de detrás de su oreja y dejó al descubierto unos brillantes pendientes. Al menos tres llegué a contar antes de que, con un sutil movimiento, recolocase su cabello.
Nada le perturba.
Sigue con pasividad su desayuno, su lectura y su cigarro.
Es su momento, sin duda alguna.
Entonces, cuando bajó la guardia, cuando todo a su alrededor pasaba de largo, la encontré.
Tomé mi cámara y apunté directamente a la chica. Por un momento pude ver que se detenía el tiempo, incluso mis ojos se amoldaban al encuadre de esa escena.
La chica me estaba mirando fijamente.
Sus ojos verdes de cuyo color no me había percatado hasta ahora, me atravesaron. Acabaron conmigo en una milésima de segundo y allí estaba, la toma que toda una vida había buscado, y que ahora se iba a perder porque la chica desviaría la mirada, se acabaría el café y se marcharía.
Ya había bajado la cámara cuando la chica esbozó una sonrisa. Una lágrima escapó de mis ojos.
Levanté la cámara, encuadré e inmortalicé la perfecta sonrisa de esa chica. ¿Una chica? No, no era una chica, era un ángel que había decidido regalarme su rostro para siempre y ahora solo nos separaban una mesa, unos metros y un teleobjetivo.
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