domingo, 6 de febrero de 2011

Como a un trapo.
¿Hay mejor manera de describirlo?
Un trapo que se usa para quitar el polvo de los muebles, para arrastrar esas cantidades abismales de ácaros que se acumulan mires donde mires, que se lucen al trasluz de los rayos del sol que entran por mi ventana.
Como un trapo.
Un trapo que viene siendo un trozo de tela rasgada de una vieja camiseta, una porción de una sábana desdichada que pasó de abrazar y dar calor a ser despiezada. De ser necesitada cada noche, cuando el frío atacaba sus delicados pies de porcelana, a ser un útil de limpieza, a quitar el polvo.
No más abrazos, no más calor.
Con suerte acabará siendo el traje de noche de una muñeca fulana que no será más que una mala y tosca imitación de la realidad a la que envolvía.
Nunca se piensa en que ese cambio pueda ser posible, nunca se piensa que cambio alguno pueda serlo, pero sucede.
Al caer en la antigüedad y la monotonía de un sentimiento, la tranquilidad que la comodidad brinda (y en el fondo nos engaña), me hizo tener imágenes en mi mente que no eran ciertas.
Imágenes que no me permitían comprender que el paso de sábana a trapo es mínimo, y las consecuencias incalculables.
Arriesgar lo que más aprecias por palabras. Condenar tu existencia por algo sin sentido. Degradarte. Hundirte en montañas de polvo y notar como la ansiedad que te provoca no te deja respirar.
Obstruye tus pulmones.
El aire que conocías ya poco parecido tiene con lo que ahora se precipita por tu nariz y boca.
Tus ojos quedan nublados y nada vuelve a ser lo de antes.
El polvo mancha tu corazón y lo oprime...
Pero lo peor viene en el instante en el que te paras a pensar en que, tal vez a ti te afecte todo esto, pero hay unos pies de porcelana que contaban con una caricia al ser tapados, y la decepción y la pérdida de ilusión son sentimientos que nunca se podrán limpiar.
Solo te queda observar como tiembla y busca sin fortuna con que resguardarse del frío, y tu solo puedes mirarla sin nada que poder hacer.

Pero soy...

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